Mientras el presidente vendía anuncios vacíos, las calles se llenaron de protestas y reclamos. El gobernador Frigerio acompañó el acto, en una postal de sumisión política.
- Por AD
La visita presidencial de Javier Milei a Paraná, Entre Ríos, se movió entre discursos grandilocuentes, promesas sin respaldo y una fuerte custodia, el mandatario nacional buscó mostrarse cercano al interior, pero encontró una ciudad movilizada, con vecinos, sindicatos y estudiantes que salieron a las calles para repudiar sus políticas de ajuste.
Y en ese escenario, Rogelio Frigerio, el gobernador anfitrión, se movió con perfil bajo, entre aplausos forzados y silencios incómodos.
Más pompa que sustancia
Durante el acto oficial en la costanera, Milei anunció la incorporación de los tramos Paraná Bravo y Paraná Guazú dentro de la licitación de la hidrovía, con el objetivo de ampliar la profundidad de 25 a 34 pies, “bajo gestión del sector privado”.
La propuesta fue celebrada como “una reparación histórica” para Entre Ríos, aunque el anuncio dejó más interrogantes que certezas:
¿Quién controlará los costos? ¿Qué rol tendrá el Estado provincial? ¿Y quién se beneficiará realmente con las concesiones?
Con antecedentes de contratos opacos y privatizaciones fallidas, el esquema promete más negocio para los grandes grupos económicos que desarrollo para la región.
Mientras tanto, el clima fue de pura teatralidad: escenografía cuidada, columnas de seguidores libertarios, banderas, camionetas oficiales y una militancia importada. Sin embargo, a pocos metros del escenario, la otra postal del día fue el descontento popular.
El otro escenario: protestas, reclamos y represión
Mientras el presidente hablaba rodeado de una fuerte custodia, docentes, jubilados, trabajadores de la salud, de vialidad, diversos gremios, universitarios y movimientos sociales se congregaban en distintos puntos de la ciudad.
Con pancartas que decían “El ajuste no se festeja” y “Paraná no se vende”, cientos de manifestantes expresaron su rechazo al modelo económico que está golpeando con fuerza a los sectores medios y populares.
En inmediaciones del Puerto Nuevo y la Plaza de las Colectividades, se vivieron momentos de tensión cuando fuerzas federales y provinciales, intentaron bloquear el avance de las columnas sindicales. Los reclamos fueron claros: caída del salario real, despidos en el sector público, desfinanciamiento de universidades y falta de obra pública.
Los abucheos a Milei y Frigerio se escucharon incluso durante el discurso, mientras la prensa oficial intentaba mantener el foco en el “entusiasmo” de los seguidores libertarios.
La postal final fue la de un presidente blindado por vallas, desconectado de una sociedad que reclama respuestas concretas.
Frigerio: aliado decorativo o engranaje funcional
El gobernador Rogelio Frigerio acompañó la visita presidencial como anfitrión y socio político, aunque su papel fue más de figurante que de aliado estratégico.
Según trascendió, Frigerio presentó a Milei una “agenda de temas provinciales” en una reunión previa, pero ninguno de esos puntos fue mencionado públicamente. El gobernador prefirió mantener un perfil conciliador, sin marcar diferencias ni defender las urgencias económicas de los entrerrianos.
De este modo, su imagen quedó asociada a la del presidente, en una suerte de subordinación política que puede costarle caro: Entre Ríos enfrenta caída de actividad, baja de recaudación y conflictividad social creciente, mientras el gobierno nacional no da señales de ayuda real.
Lo que no se dijo, o no convenía decir:
El acto dejó varios vacíos y contradicciones:
Sin estudios ambientales: no se mencionaron los riesgos ecológicos del dragado ni las comunidades afectadas.
Sin plan financiero: no se explicó cómo se sostendrá la obra a largo plazo.
Sin control público: se omitió quién auditará los contratos privados.
Sin participación democrática: el anuncio se presentó como un hecho consumado, sin debate legislativo.
Sin política social: el gobierno habló de libertad, pero ignoró el hambre y el desempleo que crecen en la provincia.
Conclusión: vallas, discursos y los entrerrianos y entrerrianas «en pie de guerra».
La visita de Milei a Paraná fue un retrato de época: un presidente blindado, un gobernador en silencio y un pueblo que protesta. Mientras en el escenario se hablaba de libertad y progreso, muy cerca se escuchaban los cacerolazos de quienes ya no creen en promesas vacías.
El gobierno nacional convirtió una oportunidad de diálogo en un show electoral itinerante, y Frigerio quedó atrapado entre la obediencia política y el malestar social de su propia provincia.
Entre Ríos no fue escenario de un acto de gestión, sino de una pulseada simbólica: la de un poder que promete libertad, frente a una sociedad que exige dignidad.
- Periodista de investigación.
