• 26 de febrero de 2026 01:36

Milei «No ganó nada», «ganó el descontento»

Con cifras en la mano, la primera elección nacional desde la asunción de Javier Milei muestra una caída abrupta de su caudal electoral: 14.554.560 votos en el balotaje de 2023 contra 9.013.159 en esta elección —una pérdida de 5.541.401 sufragios—. El fenómeno combina abstención masiva, migración de votantes y el crecimiento del voto nulo/blanco: señales de una erosión real de su base que anticipan una crisis de gobernabilidad si no hay correcciones profundas.

El texto que analiza estas elecciones arranca con un dato contundente: el 19 de noviembre de 2023 Javier Milei se consagró Presidente con 14.554.560 votos en el balotaje. En su primera elección nacional desde la Casa Rosada, sin embargo, la coalición que lo respalda obtuvo 9.013.159 votos. La resta es simple y elocuente: 5.541.401 electores dejaron de votar por Milei en menos de dos años —una caída absoluta que habla más claro que porcentajes parciales.

Para dimensionar la magnitud del desplazamiento: la cosecha actual equivale al 61,93% del voto que obtuvo en el balotaje de 2023 (es decir, hubo una caída de aproximadamente 38,07% respecto a ese respaldo inicial). En términos prácticos, una de cada tres personas que votó por Milei en 2023 no lo hizo ahora.

En la Provincia de Buenos Aires, epicentro decisivo de cualquier contienda nacional, la tendencia es la misma: pasó de 4.801.185 votos en 2023 a 3.605.127 en esta elección, perdiendo 1.196.058 sufragios, esto es una caída cercana al 24,9% del apoyo que tenía en la provincia. Perder casi un cuarto del respaldo bonaerense resulta letal para la fuerza política que aspira a consolidar una mayoría o, al menos, a sostener gobernabilidad.

¿Qué dicen los números sobre la real “fuerza” electoral?

El análisis numérico cambia la perspectiva cuando se toma como referencia el padrón completo —la población habilitada para votar— y no solo los porcentajes sobre los votos contabilizados. Si consideramos el padrón que el texto cita (36,5 millones de personas), los 9.013.159 votos representan alrededor del 24,7% del padrón total. Es decir: poco más de una cuarta parte del electorado habilitado respaldó a Milei. Si en lugar del padrón se toma como base a los votantes efectivos (24.263.248), ese mismo lote equivale al 37,2% de quienes efectivamente concurrieron a las urnas. Ambas lecturas son relevantes —pero señalan algo que el autor del texto enfatiza: hay una enorme porción del electorado que no está del lado de La Libertad Avanza, y la gran “fuerza” de la elección fue el no voto.

La abstención fue masiva: 32,3% del padrón no concurrió. Ese número —cuando se expresa en términos absolutos— equivale a más electores que los que obtuvo cualquier fuerza individual. En otras palabras: la primera “fuerza” real fue el ausentismo.

A esto se suman los votos nulos y en blanco, que en muchos distritos aparecen como la “cuarta fuerza”. El texto subraya que, combinados (nulos + blancos), en la provincia de Buenos Aires rozaron el 3,43% y a escala nacional aparecen como una expresión política significativa: un síntoma de rechazo o de protesta que no termina siendo absorbido por otras alternativas.

Causas probables de la pérdida de electores

Con los números como base, se pueden identificar —sin pretensión de exhaustividad ni de atribución causal única— varias causas que explican la erosión del voto por Milei:

Desgaste del votante de protesta. Muchas candidaturas antistema recogen un caudal importante de votos por rechazo al statu quo. Ese voto protesta tiende a evaporarse si la gestión no transforma expectativas en resultados perceptibles a corto plazo. Cuando la promesa es ruptura y la realidad cotidiana empeora o no cambia, el votante protesta vuelve a la abstención o migra a otras ofertas.

Costo político de las políticas de ajuste. Gobiernos que aplican políticas económicas de fuerte restricción suelen pagar un precio electoral —aumento de precios, pérdida de empleo o caída del salario real— que erosiona el respaldo social, sobre todo en sectores periurbanos y populares clave en provincias como Buenos Aires.

Desacople entre discurso y gestión. Cuando la comunicación oficial no logra explicar ni traducir los costos temporales de reformas en caminos razonables para la vida cotidiana, parte del electorado moderado o pragmático se distancia. Mensajes extremos o confrontativos —si no van acompañados de soluciones inmediatas— alejan votantes que priorizan estabilidad y previsibilidad.

Efecto de la fragmentación y oferta electoral. En elecciones con múltiples candidaturas, las fuerzas alternativas (incluyendo el voto en blanco y los partidos pequeños) capturan porciones del electorado resignado. El dato del voto en blanco/nulo como “cuarta fuerza” revela que no todos los que se fueron dejaron a Milei para apoyar a otro líder: muchos optaron por expresar rechazo sin transferir su voto.

Problemas de gestión y gobernabilidad. Si la gobernabilidad se percibe frágil —conflictos con sindicatos, instituciones, mercados o falta de apoyo legislativo—, votantes que inicialmente apostaron por una renovación pueden retraerse, preocupados por la inestabilidad política.

Factores simbólicos y escándalos. Cualquier escándalo público, contradicción o ruptura interna desgasta la imagen de solidez de un movimiento nuevo y puede acelerar deserciones.

Implicaciones políticas

Los números no son trivia: la pérdida absoluta de más de cinco millones de votos obliga a una lectura estratégica urgente. Algunas consecuencias posibles:

Mayor dificultad para gobernar con legitimidad amplia. Un presidente que retiene sólo a una fracción del padrón (poco más de una cuarta parte en el ejemplo) enfrentará límites claros para imponer cambios profundos sin construir consensos o coaliciones amplias.

Aumento de la conflictividad social. Ajustes percibidos como duros sin respaldo social pueden generar protestas, huelgas o escaladas políticas.

Reconfiguración del mapa electoral. Si el ausentismo y el voto de protesta se mantienen, la política argentina podría ver una recomposición de fuerzas donde las coaliciones clásicas y las alternancias recuperen terreno.

Por qué los números importan más que los porcentajes sueltos

El autor del texto acierta en una advertencia central: los porcentajes son útiles, pero pueden dar lecturas sesgadas si no se especifica la base sobre la que se calculan (padrón vs. votantes vs. votos válidos). Decir “X%” sin aclarar a qué se refiere puede ocultar lecturas esenciales: un 40% de los votos válidos no equivale al 40% del padrón. Por eso, el dato absoluto (cantidad de votos) y la comparación con el padrón muestran con mayor crudeza la real extensión del respaldo social.

Los números que aporta el texto tienen una lectura difícil para La Libertad Avanza: la caída absoluta de más de cinco millones de votos, la pérdida de casi 1,2 millones en la provincia de Buenos Aires y la magnitud del ausentismo señalan que lo que ganó en 2023 fue, en buena medida, un voto de descontento que no se consolidó como base estable de apoyo. Si el gobierno no logra reconectar con sectores que se distanciaron —o convertir protestas puntuales en respaldos sostenibles— la consecuencia probable es una crisis de gobernabilidad y la necesidad de rearmar discurso, políticas y alianzas.

La política, en definitiva, se juega tanto en los números absolutos como en las palabras: mirar los datos sin romanticismos y con atención al padrón entero permite ver que “ganar el descontento” no equivale a construir mayorías estables. El desafío para Milei y su espacio es convertir gestión en legitimidad, o aceptar que el voto protesta es volátil y, si no se transforma, se pega de lleno en la próxima contienda.

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