El radicalismo llega a su recambio de autoridades en uno de los momentos más delicados de su historia reciente: liderazgos dispersos, representación legislativa en retroceso y una identidad partidaria que ya no logra interpelar al electorado.
La Unión Cívica Radical, símbolo histórico de la vida democrática argentina, vuelve a atravesar un terremoto interno. En los próximos días el partido elegirá nuevas autoridades nacionales, pero lo hará en un escenario marcado por la pérdida de bancas, el retroceso territorial y un debate cada vez más intenso sobre qué significa hoy “ser radical”.
Aunque los malos resultados electorales agravaron la crisis, dirigentes y analistas coinciden en que el problema es mucho más profundo. La UCR ya no logra exhibir con claridad cuál es su identidad, ni qué sector social representa. Y eso, para un partido centenario cuyo aporte histórico fue precisamente garantizar la vigencia de la Constitución, las libertades públicas y el equilibrio republicano, abre un signo de interrogación sobre su futuro.
Un partido que fue brújula y hoy no encuentra norte
Durante décadas, el radicalismo actuó como un contrapeso moderado frente a los autoritarismos, un garante institucional en tiempos turbulentos y un refugio simbólico para las clases medias urbanas. Su rol en la recuperación democrática de 1983 marcó un antes y un después en la Argentina moderna.
Pero aquella centralidad se fue debilitando. Con el paso de los años, la sociedad consolidó valores que antes el radicalismo encarnaba casi en exclusividad: la defensa de los derechos humanos, la institucionalidad, el respeto por la voluntad popular. Paradójicamente, la victoria cultural de esos principios dejó al partido sin una marca distintiva clara en el nuevo mapa político.
A esa pérdida de singularidad se suma un fenómeno que los propios radicales admiten: la fragmentación. No sólo territorial, sino también discursiva. Grupos internos, liderazgos locales con agendas propias, alianzas cambiantes y decisiones contradictorias han dado como resultado una estructura que ya no se reconoce a sí misma en un proyecto nacional homogéneo.
La insignificancia como riesgo real
En varias provincias, sus dirigentes aparecen subordinados a coaliciones que los absorben, a socios electorales que imponen agenda o a liderazgos personalistas que diluyen el sello histórico. Esa dinámica, según advierten sectores internos, empuja a la UCR a un lugar incómodo: el de convertirse en una fuerza sin peso real frente a las discusiones más relevantes del país.
No es la primera vez que el radicalismo enfrenta rupturas. A lo largo del siglo XX, cada crisis interna tuvo consecuencias nacionales: gobiernos debilitados, fracturas institucionales o reconfiguraciones del sistema político. Pero nunca antes el desafío había sido tan existencial: ¿qué queda de la identidad radical cuando sus dirigentes se mimetizan con espacios que representan lo opuesto a sus valores fundacionales?
El dilema de los principios y el reclamo de volver a empezar
Las advertencias de Hipólito Yrigoyen, pronunciadas hace un siglo, hoy suenan inquietantemente actuales: “que se pierdan mil gobiernos, pero que se salven los principios”. Para muchos militantes, el radicalismo abandonó esa brújula moral y se sumergió en una lógica de alianzas de ocasión, acuerdos tácticos y pragmatismo extremo.
La pérdida de identidad también impactó en la pertenencia: el partido dejó de convocar nuevos cuadros, de renovar liderazgos y de disputar ideas de fondo. En un contexto donde los partidos tradicionales de todo el mundo atraviesan crisis similares, la UCR enfrenta el riesgo de quedar reducida a un sello, un símbolo de museo, o una expresión secundaria dentro de coaliciones ajenas.
Un futuro incierto que exige decisiones de fondo
El radicalismo argentino carga con una responsabilidad histórica: ser un actor capaz de ordenar tensiones, defender la convivencia democrática y priorizar el bien común por sobre la lógica facciosa. Ese legado, que durante años funcionó como un sostén del sistema, hoy se encuentra en revisión.
La elección interna que se aproxima no definirá solo autoridades. Pondrá en juego el sentido mismo del partido: si recupera su voz propia y reconstruye un proyecto nacional, o si profundiza un camino de irrelevancia política.
En palabras del propio yrigoyenismo, la pregunta vuelve a resonar:
¿es posible “empezar de nuevo”, recuperar credibilidad y volver a construir identidad desde la raíz?
La respuesta marcará el destino de una fuerza que moldeó buena parte de la vida democrática argentina y que hoy enfrenta quizá su desafío más profundo.
